miércoles, 12 de abril de 2017

LA FLEMA BRITÁNICA Y EL BREXIT

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Imagen: Pixabay.
Imagen: Pixabay.
El escritor y periodista inglés, aunque nacido en Estados Unidos, Jason Webster, autor de libros como ‘Las heridas abiertas de la guerra civil’ y ‘La montaña sagrada’, y colaborador de periódicos como ‘The Guardian’ y ‘The Independent’, inicia aquí su colaboración con ‘El Asombrario’, su columna ‘Fifty-Fifty’, en la que abordará asuntos de actualidad internacional desde su perspectiva de estar casado con una española, profesora de flamenco, y vivir a caballo entre Reino Unido y la Comunidad Valenciana. Se estrena analizando cómo viven el ‘Brexit’ los británicos, entre la flema y la preocupación. Porque si hay algo que no le entusiasma demasiado a un típico inglés, es el cambio. O por lo menos un cambio radical.
Después de un largo invierno inglés, oscuro, lluvioso y fangoso, la primavera se ha presentado con una fuerza mágica, casi mística, que trae la promesa de luz, vitalidad y alegría. Como un oso saliendo de su cueva, abres la puerta de tu casa dispuesto a olvidar las sombras del pasado y abrazar el futuro con ganas. El porvenir nunca está claro, pero en esta isla donde suele reinar un “profundo, muy profundo sueño”, como observó George Orwell a su regreso de luchar en España hace ochenta años, es fácil pensar que, más o menos, todo va a continuar como antes. Sin embargo este año, esta primavera, tal certeza es difícil de sostener.
Con la primera canción del cucú y la subida paulatina de las temperaturas, el cambio de estación llegó con la puntualidad de un tren suizo (no inglés, ¿alguna vez has intentado coger un tren en Inglaterra?). Pero este año existe un animal extraño, nuevo, en el jardín, un forastero que amenaza con desequilibrar todo. Porque este año la primavera también ha traído el Brexit.
A pesar de unos comentarios histéricos en los últimos días sobre la posibilidad de una guerra por lo de Gibraltar, hay que destacar que el ambiente ahora en el Reino Unido es bastante más tranquilo que en los días y semanas inmediatamente después del referéndum. La sensación de susto, incluso pánico, en esos momentos se palpaba en el ambiente.
“¿Qué os va a pasar a vosotros?”, me preguntó una mujer la mañana después del voto, cuando estaba dejando a los niños en el colegio. “Tu mujer es española. Tus hijos también. ¡Os echarán!”.
Notaba en su expresión visiones de policías arrastrándonos por la calle, empujándonos en una furgoneta blindada para llevarnos a los acantilados de la costa, donde, con poca ceremonia, nos tiraban al mar… Intenté asegurarle que no llegaríamos a tales extremos, pero su miedo y horror no eran del todo descomunales en aquellos momentos: casi todos (incluso muchos que habían votado a favor del Brexit) parecían estupefactos por lo que acababa de ocurrir. Ahora iba a llegar un gran cambio, sí o sí. Y si existe algo que no le entusiasma demasiado a un típico inglés, es el cambio. O por lo menos un cambio radical.
Claro que había (y hay) quienes lo celebraban, pero eran una minoría, los extremistas del partido independentista UKIP. La paradoja era que en un país donde una mayoría (52%) de los votantes contemplaban salir de la Unión Europea, nadie sabía que éste era el caso. Los Brexiteers estaban igual de sorprendidos que los demás.
Han pasado nueve meses desde esa inesperada concepción y el bebé ya está con nosotros. Algunos intentan fingir que es de mentira, que es solo una muñeca y que dentro de poco se romperá como un juguete barato y todo volverá como antes; otros miran al pequeñín de reojo y suspiran profundamente, pensando en las noches sin dormir que les esperan; y otros lo aprietan al pecho, amamantándolo con toda la alegría de una madre orgullosa. Pero ¿el amor de la madre solo será suficiente para criar al niño?
Desde los años setenta o principios de los ochenta, en aquellos primeros años oscuros de la época de Thatcher, no se había sentido tanta división en la sociedad británica. Entonces las tensiones seguían unas líneas más o menos predecibles de clase social. Esta vez resulta más complicado. Mi padre (empresario jubilado) votó a favor de salir, mientras que mi hermana (también empresaria) votó en contra. Diferenciar a las dos tribus políticas por su ropa, donde viven, su acento, su vocabulario (costumbres muy arraigadas en Inglaterra), ya no se puede hacer tan fácilmente como en el pasado. Ni se basa tampoco en algo tan sencillo como haber viajado por el mundo, o tener amplios horizontes: muchísimos inmigrantes no-europeos eligieron salir. La división existe, pero nadie puede decir exactamente dónde está (aunque algunos lo intenten).
Cuando Orwell volvió herido a Londres en 1937, España estaba en llamas y la mayor catástrofe de la historia humana quedaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, el público británico parecía más preocupado por la reciente abdicación del Rey Eduardo VIII que por los acontecimientos del continente europeo. Ahora que la realidad (si no los detalles) del Brexit se ha aceptado, parece que la mayoría de la gente aquí se encoge de hombros con cierta resignación, ansiosa pero con una sensación de que, al final, todo saldrá bien. Quizás a esta actitud es a lo que se refería Orwell cuando hablaba del “sueño” de sus compatriotas. Hace 80 años la guerra mundial que tanto se temía ya estaba llegando. Últimamente se han hecho muchas comparaciones entre el panorama de Europa a finales de los años 30 y el de ahora, pero quizá la lectura más significativa de la historia es que pocas veces aprendemos las lecturas de la historia. Plus ça change, plus c’est la même chose.
El inglés sigue en su jardín… consciente de la nueva criatura que le ha traído esta primavera, y la mira de vez en cuando con cierto nerviosismo mientras se ocupa de sus tareas cotidianas. Realmente no sabe cómo reaccionar. Quizá este animal raro no sea la gran amenaza que algunos dicen que es. Quizá sea una buena señal.
Pero, quizá…

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