sábado, 17 de septiembre de 2016

UN GENERAL QUE QUERÍA OTRO PAÍS

Por Carlos A. Trevisi
Las comidas a las que el General invitaba a los profesores se llevaban a cabo en su despacho. No era esto lo único atípico de su forma de actuar. Sin quebrar las normas, sus actitudes eludían lo que no satisficiera su necesidad de innovar que, por otra parte, iba mucho más allá de usar su despacho para celebrar una comida. Desde solicitar la opinión de los profesores para aprobar que se colgara un cuadro de Cristo vestido de cadete en la capilla de la Academia hasta invitar a los profesores a presenciar ejercicios de combate, todo era posible.
Los almuerzos en el despacho del director reunían a profesores civiles y profesores militares; al teniente coronel a cargo de la Jefatura de Estudios y a un invitado sorpresa que no pertenecía a la Academia.
El General se sentaba a la cabecera y alternaba a derecha e izquierda a los invitados según fueran civiles o militares; en uno de los laterales se sentaba el Jefe de Estudios; el invitado especial, un cura que no pertenecía a la Academia, se sentaba al otro extremo de la mesa, enfrente del General.
Una vez que el General nos diera la bienvenida y los camareros sirvieran los primeros vinos, el tintineo de una copa que el General tocó suavemente con su cuchillo, dio por iniciada la comida.
Era evidente que el tipo tenía vereda. Era cordial y, si bien hecho a la parafernalia del protocolo, lo rompía con gestos y actitudes que facilitaban el encuentro. “Camarero, deje la botella cerca del profesor que dará cuenta de ella sin ayuda” –señalando al que se había lanzado a tomar antes que él lo hiciera- , invitando a una risa General que complementó con un "¿Tiene clase por la tarde, profesor?", que no molestó en absoluto ni al osado ni a los demás.
Me fui haciendo a la idea de que este hombre buscaba la opinión de los invitados ante las implicancias que comenzaba a tener la guerra en el ámbito académico, pero muy especialmente en la relación que guardaban los profesores con los cadetes.
En ese marco de cordialidad, en varias ocasiones cruzamos miradas que inequívocamente ponían de manifiesto que me estaba estudiando. Si bien la invitación que se nos formulara era para todos en general, la selección que hizo de los comensales respondía sin duda a una estrategia que había dado comienzo con la distensión que él mismo había creado cuando, todo sonrisa, se dirigió al profesor que había apurado su vino antes de tiempo.
Dos semanas antes de la comida yo había tenido un fuerte enfrentamiento con un coronel que, sentado a la mesa del café de media mañana en la sala de profesores, dijo que los políticos eran todos una mierda. El comentario, no era de desestimar porque lo eran, pero no podía provenir de un coronel del ejército que había perdido, por inoportuna, la primera guerra de su historia y sumido a la “Patria”, como se suele decir en el ámbito militar, en una escalofriante dictadura.
El hombre insistió en argumentar hasta que di por acabada la conversación diciendo que la guerra se había perdido, entre otras cosas, por desconocimiento del enemigo, una mala estrategia y una táctica aplicable a la guerra en grandes ciudades y no al agreste y temible terreno de unas islas inhóspitas, deshabitadas y sin rutas pero fervorosamente defendidas por el imperio británico. A propósito de la calidad de los políticos, hice referencia al esperpéntico espectáculo de un lustroso y engominado general al mando de nuestras tropas rindiéndose a un general británico embarrado hasta el pelo por haber estado algo más que de visita en la contienda.
Rememorando aquel momento pasé revista a los profesores que me acompañaban a la mesa del café cuando el desencuentro con el coronel Palladio. Ratifiqué mi sospecha: además de Palladio, que participaba del almuerzo, por lo menos cuatro de los invitados habían presenciado la discusión.
Los camareros comenzaron a servirnos.
Palladio estaba demacrado y se pasaba la mano por la cabeza como si le doliera. Dirigí mi vista al director que me hizo un gesto con la cabeza acompañado por una tenue sonrisa que no alcancé a entender, aunque la correspondí.
El anfitrión inició la conversación diciendo que deseaba contar con la opinión de los comensales acerca de cómo pesaría la infausta derrota en los cadetes y qué medidas deberían tomarse para que no cundiera el desánimo entre ellos.
Bebió un trago de la copa de vino, como esperando algún comentario.
De pronto un hecho imprevisto alteró la comida.
El camarero perdió pie volcando el contenido de la bandeja sobre un profesor al que estaba sirviendo. Palladio, que había iniciado la cadena de empujones acababa de precipitarse al suelo y yacía inerte en el piso, los pies en el aire entre su propia silla y la del profesor. El pobre muchacho, el último en la cadena de porrazos, se debatía en una escena propia de las viejas películas mudas del gordo y el flaco, entre patatas, espárragos, y trozos de carne bañados por una salsa de tomate que daría color definitivo a la alfombra.
Atento a lo que pasaría a continuación pude observar que el General se había levantado de su silla y acudido, presto, en ayuda. Solo los más próximos reaccionaron. El profesor de filosofía, que al igual que el General no habían notado el aparente desmayo de Palladio, cogió la servilleta y se quitó algunos restos de espárragos que le colgaban de la chaqueta.
El Jefe de Estudios que vio a Palladio cayendo al suelo, salió disparado a la enfermería a solicitar ayuda.
El médico no pudo hacer nada. El coronel había muerto de un ataque cardíaco fulminante.
La comida se dio por terminada. Los invitados, sin saber qué hacer, comenzaron a retirarse lamentando la muerte de Palladio con palabras propias de las circunstancias. Abundaron algunas expresiones que reflejaban más la impresión que les había causado lo sucedido en apenas 5 segundos que la muerte del coronel, por quién nadie tenía gran simpatía.
Para un buen observador los minutos siguientes al hecho daban como para escribir una novela. Los coroneles miraban a los profesores; el General nos miraba a todos y yo lo miraba a él. El único al que parecía que se la habían puesto a punto de caramelo era al cura que no bien se ratificó la muerte del desgraciado, se mandó un discurso sobre le necesidad de que en esta vida estemos siempre preparados para todo, etc., etc., agregando una parrafada para la “Patria” que acababa de claudicar ante la Gran Bretaña.
“La Patria necesita un ejército consubstanciado con la verdad y una vez más, nuestras fuerzas armadas han brindado lo mejor de sí para encaminar a sus soldados por la senda de la entrega de la propia vida en salvaguarda de nuestra identidad y del derecho que nos asiste a recuperar ese territorio. La Patria no puede correr el riesgo de que en su seno convivan la duda y la cobardía. La grandeza de un espíritu que tiene que anidar resueltamente en los corazones de nuestra tropa ha quedado reforzada por una gesta que no por perdida deberá vituperarse. La justicia Divina habrá de abrirnos nuevos caminos como para que la Argentina recupere aquello que le pertenece”, agregando lo que no podía faltar: “Y este hombre que acaba de morir la representaba decididamente”.
Le brillaban los ojos.
El General lo miraba.
Aquello era una tortura. Nadie sabía qué hacer hasta que llegó la orden de retirada.
Según salíamos fuimos saludando al General que nos despedía a la puerta del despacho. Cuando llegó mi turno me dijo: “A propósito del tema que abordó el cura, dese una vuelta por acá el lunes a eso de las 12.00 que quiero que hablar con usted”.
Según estaba previsto fui a verlo. Me recibió con toda cordialidad.
- Le he pedido que viniera porque no solo me he enterado de la disputa que mantuvo con Palladio en la sala de profesores, sino también de un comentario que hiciera en clase a los cadetes de cuarto año acerca de un video que se les proyectó en el que se veía la oficialidad celebrando una reunión social en el casino.
Guardó un silencio que me invitó a hablar.
- Efectivamente. Mis casi veinte años como profesor en esta Academia me habían mostrado lo que efectivamente siente la gente: vivimos aislados, mirándonos el ombligo y ni aún en la derrota más penosa que ha tenido el país hemos sido capaces de reaccionar como corresponde. Palladio dio el toque final a este aserto. La soberbia que mostró no era compatible con el honor militar que se pasaba proclamando. El sentido común exigía prudencia pero su actitud desafiante sacaba a relucir, una vez más, la incapacidad que venimos mostrando en otros escenarios –especialmente en el de los derechos humanos- de ver la realidad desde la realidad misma y con los mismos ojos que vimos a nuestros muertos. Y cuando hablo de nuestros muertos no solo me refiero a los jóvenes provincianos de apenas 20 años que seguramente ni tenían idea de dónde quedaban las islas, sino a mis cadetes de 4º año que fueron enviados a la guerra. Uno de ellos me mandó llamar al hospital militar donde yacía destrozado por el fuego enemigo para preguntarme si Palladio seguía dando clase en la Academia ´porque nos enseñó todo mal ´, palabras exactas. Pocos días después murió. Esto que acabo de decirle no lo sabe nadie, salvo mi familia. Jamás lo he comentado con mis colegas ni con militar alguno. Es la primera vez que lo digo.
Y respecto del festejo en el casino de oficiales, los cadetes me invitaron a ver el video durante la clase. Comenté entonces que no eran momentos de festejos sino de reflexión y que me parecía un disparate que hubiera habido un oficial que les acercara la película para que la vieran.
- - A propósito de esto último se le ha iniciado un expediente por denuncia de los cadetes. Entre los que la firman figura el abanderado".
- - Imagino el final. No bien salga de su despacho comenzaré a buscar trabajo.
- - No es necesario. Lo ratifico en sus cátedras. Y le agradezco que en medio de estas turbulencias que nos impiden ver el camino haya habido al menos un profesor que intentara poner en blanco sobre negro la situación que estamos atravesando como ejército y como país.
Nada más profesor, le agradezco una vez más que se haya prestado a esta charla.
Hubiera sido de desear que esto terminara así, pero a los pocos días se me informó que había sido suspendido de mis cátedras hasta tanto se resolviera la denuncia presentada en mi contra.
El General fue pasado a retiro.
El cadete abanderado pidió la baja.
Yo fui despedido.
Todavía estoy esperando que mis colegas se den por enterados de lo que me sucedió.
Al año siguiente se llamó a elecciones.
En el Día de la Patria se efectuó un desfile ante el Presidente de la República, como es norma. Pude ver entonces como se sellaba la decrepitud total de las FF.AA: un grupo de no menos de 50 odaliscas cerraba la marcha de un ejército que, a su paso, la ciudadanía saludaba con fervor, agitando banderitas, según discurría por las calles de la ciudad capital.

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